22 de julio de 2008

DOMINGO PORTEÑO (PARTE 2): Bar y River Campeón

La tarde de domingo siguió en el bar. Este es un domingo distinto para mí. Estoy lejos de la tranquilidad de mi ciudad, lejos de mi casa. Un domingo sin mates, sin cansancio de salida bolichera, sin la lectura del diario o de algún libro.
Es domingo, la vida me trajo a Buenos Aires, y aquí estoy en un bar que queda exactamente en la esquina de Lavalle y Maipú.
En este bar- como en todos- hay mesas y sillas con personas que se sientan, armando sus mundos. A diferencia de los bares que frecuento en mi ciudad (San Nicolás) no encuentro caras conocidas; en este bar no tendré que detenerme en un saludo, no escucharé un “hola Martín, qué hacés”. Vivo eso de ser una persona desconocida, real, pero de alguna manera invisible.
La mayoría de las personas apuntamos la mirada hacia el televisor que cuelga de la pared. Torneo Clausura. River 1- Olimpo 0. River pelea el campeonato y puede llegar a gritar campeón luego de cuatro años de sequía.
- Para ser campeón hay que sufrir, dice mi amigo el mendocino. Olimpo pelea el descenso, con Racing, Colón y unos más. Si gana River, y Estudiantes empata o pierde contra Colón, somos campeones - intenta explicarme el otro mendocino.
El mozo, que viste camisa y corbata, trae un tostado y se lo deja a un muchacho en una mesa cercana. De los nervios que tiene no se da cuenta de que un platito con el pedido acaba de aterrizar en su mesa, al lado de una copa con cerveza y una botella verde de Stella Artois, que está por la mitad. El joven se toca los labios, cruza los brazos, mira hacia el televisor, se agarra la cabeza. Nervios de fútbol, ganas de gol.
En este momento, me acuerdo del Negro Fontanarrosa y su pasión por el fútbol. Quien sabe porqué, me vino a la mente. El negro es Rosarino, y estamos en Capital. Seguramente se escapó un ratito del cielo. Qué mejor que un domingo de fútbol para escribir sus historias.
No soy un tipo futbolero, pero en otra época lo fui. Cuando estaba mi hermano en casa, y yo andaba rodeado de pasión, de nervios que se contagian, de puchos encendidos (ni hablar cuando se iba a penales), de El Gráfico, y el TN DEPORTIVO infaltable a la hora del almuerzo.
Y ahí estábamos nosotros, los tres de River, con la mirada y la pasión puestas en 22 jugadores que van detrás de una pelota.
¡Cómo se puede perder ese gol! – se queja uno. El arquero le tapó un golazo al Burrito Ortega. Y a tragarse esas ganas de gritar gol o guardarlas con suerte, para más adelante. UUUUUUUUUUUUUUUU! – se escucha a coro. River se perdió otro gol y se escuchan algunos puños que golpean contra las mesas.
Fin del primer tiempo. Baja la tensión y llega un poco, sólo un poco de relax. La gente en las mesas retoma la charla. Afuera la gente continúa si vida. caminando por la peatonal: no todos giran alrededor de este partido. Esto es cosa de fanáticos y en este caso de River. Los que estaban parados viendo el partido a través del vidrio, allá afuera, retomaron la marcha.
Pasa el colectivo 17, Wilde-Recoleta. Hace un poco de frío.
Mozo, mozo. La cuenta. Nos vamos a caminar. Los mendocinos estaban entre ver el partido o ir hasta el Obelisco, para conocer, y ya se habían decidido.
Y a River todavía le faltaban 45 minutos para gritar campeón.

*************

El domingo también se nota en Capital. Los pasos son más lentos, no se ven tantos trajes, ni tanto apuro, ni el mar de gente. Bajaron un cambio y se nota.
Nos fuimos del bar, llamado Multibar. Nuestros pasos y nuestras ganas nos llevaron a caminar por la peatonal Lavalle hasta la peatonal Florida. De ahí hasta Corrientes, y luego doblar hacia la 9 de Julio para visitar al amigo Obelisco que aún sigue ahí, como siempre.
Cuando pasábamos por un bar, nos deteníamos a espiar la pantalla de televisión, para ver como iba el partido. La cosa se había complicado, pero todavía no estaba todo dicho. Y después todo pasó muy rápido: la ñata contra el vidrio, un nuevo gol de River, mirar el cronómetro casi hipnotizados y desde la calle, y esperar ansiosos a que el réferi marcara el final. Y por unos minutos, con la victoria de River ya consumada, esperar el resultado del otro partido, para poder gritar por fin un nuevo campeonato.
¿Salió campeón River? – preguntó un transeúnte. ¿Y cómo va? – me preguntó otro.
Mirá, para vos bosterita, le dijo un hombre a su mujer. Eso es ser campeón - le agregó en tono de gastada. Y siguieron caminando. Mientras la hinchada gritaba y cantaba DALE CAMPEON.
Y mientras nosotros nos alejábamos caminando, porque en un rato salían los micros desde la terminal, el monumental estallaba de alegría, de pasión y de delirio, que sólo el fútbol sabe despertar.
Y son postales, postales inolvidables para el recuerdo, dijo el mendocino. Y yo le hice un gesto de que tenía razón. Mucha razón.
(08 de junio 2008)

18 de julio de 2008

A LOS AMIGOS

Bueno, acá estamos. Un nuevo día del amigo... consumo.. comercio... y si.. hay de todo un poco. Pero lo importante es aprovechar la ocasión para pensar en esto de ser amigos y en el valor de la amistad.

Es difícil definir, ¿quien es amigo?, ¿quién no? Hay muchas teorías dando vueltas, opiniones diversas. Lo importante de un amigo, creo, es que sepa estar a su manera, con sus defectos y sus virtudes. Saber estar.

¡No te veo nunca pero me llamás para el día del amigo! (¡Cuántos pensamos en esto! ¿no?).. Si bien es cierto, también hay que mirar el lado positivo: si se acordó, por algo es. Peor es nada.

Y cada 20 de julio parecemos locos, queriéndonos juntar todos ese día. Yo digo: ¡Tranquilos! ¡El día del amigo es todo el año! Así que no pasa nada si nos juntamos otro día. No se termina el mundo... (eso creo jeje)

Para este día del amigo que se viene les regalo un poema. No soy de escribir estas cosas, pero salió un día, me gustó y decidí incluirlo en mi segundo libro.

También allí, planteo la idea de pensar a la amistad como una autopista, donde nosotros somos los autos: hay amigos que se adelantan, otros que dejamos en el camino, unos que regresan, otros que se nos cruzan inesperadamente y otros con los que chocamos... pero en fin, somos amigos...

Por los momentos compartidos... que quedan para siempre en nuestra memoria. Y aunque ya no estemos juntos, a la misma velocidad, andando a la par... ¡Sabés que contás conmigo!

UN ABRAZO PARA TODOS!! FELIZ DIA DEL AMIGO!!
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A LOS AMIGOS

Eres mano tendida.
Escudo, combustible y faro con luz encendida.
Eres el que escucha, ríe y camina.
El que llora, cae y calla.
El que acompaña, entiende y perdona.
Fiel guardián de los secretos que jamás se han de contar.
Tu memoria es un jardín, donde los recuerdos compartidos, florecen sin cesar.
Sabes ayudar a tu propio modo y entender mis modos.
Amigo te dicen. Amigo te llamo.
Hay marcas en el camino.
Dos pares de huellas que caminan a la par.
Mi compañero incansable, de igual a igual.
Brindemos por las horas vividas, y por aquellas que vendrán.
Por el camino transitado
Por lo bueno y por lo malo
Por lo anhelado y por lo cumplido.
Dos amigos son dos reyes
que gozan de un inmenso tesoro llamado amistad.
A los amigos, este poema, invitando a soñar,
Con un futuro lleno de amigos que en la vida no han de faltar.

En "Cuentos con mirada joven", Editorial San Pablo. pág 87

25 de junio de 2008

DOMINGO PORTEÑO (PARTE 1): Andando en tren

- Se toman el tren acá en la estación y van para Retiro – nos dijo la recepcionista del hotel.
Caminamos unas cuadras y llegamos a la estación de trenes de San Miguel. Sacamos los boletos y nos dispusimos a esperar en el andén; ellos sentados y yo de pie.
Me sentía como un niño, feliz de la vida, con mucha ilusión. Habían pasado más de diez años de aquel último viaje en tren.
Mientras esperaba, observaba detenidamente todo. Era domingo a la tarde y eso hacía que todo estuviera más calmo, más relajado, más lento y menos concurrido que de costumbre.


- ¿Te dijo cada cuanto pasa?- preguntó uno de mis compañeros.
- Ni idea, contesté. Disfrutemos, estamos esperando un tren, ¡un tren!- repetí con alegría. Parecía un pibe esperando que sean las doce y llegase Papá Noel.
Aunque para los miles de ciudadanos bonaerenses que viajan cada día, el tren resulta una insoportable pesadilla- frío, hacinamiento, mal estado de los vagones, inseguridad, etc, etc- yo estaba por vivir algo único.
Subirme al tren implicaba revivir sensaciones y momentos que estaban guardados en algún lugar de mi memoria. Estaba más contento aún porque este viaje no estaba planeado: la felicidad de lo inesperado y hermosamente sorpresivo tiene un sabor inigualable. Desde ahí hasta Retiro pensábamos ir en micro, pero, afortunadamente no nos había quedado otra.
El tren llegó unos minutos después, con su imponente figura que se recorta en el horizonte, con su melodía repetida al andar, que fue cesando hasta dejarnos en un silencio absoluto.
Esperar en el andén y partir en tren, toda una novela. Así subimos y nos sentamos, los tres, los dos mendocinos con su acento particular y yo. Hablábamos de todo, pero lo que más se escuchaba era una queja: ¡cómo no trajimos una cámara de fotos!.
Cuando finalmente el tren se puso en marcha, unos de los mendocinos, el que tenía un acento venezolano, dijo: - Falta una chica hermosa saludándonos y luego corriendo el tren y estamos completos. – La verdad que sí- contesté con una sonrisa. El tren y la estación tienen esa cosa de película.
A partir de ahí nos quedamos en silencio, mientras por los pasillos de los vagones desfilaban los vendedores ambulantes.
A través de la ventana del tren de la línea San Martín, fui viendo un álbum de fotos, cuyas páginas se cambiaban a medida que iba recorriendo las distancias. Un mundo nuevo a cada paso; distintas realidades, distintas estaciones, distintas maneras de vestir.
Postales urbanas que sólo podía regalarme el tren, con su andar lento, pero lindo, con ese que se yo, viste. Si será mágico el tren que logró dejarme una hora callado y sin palabras para describir todo lo que sentía.
Y vi una familia almorzando en el patio. Y vi dos hombres mayores compartiendo un vino en cartón a orilla de las vías. Y vi a unos hinchas de River cantando con toda la pasión, y agitando sus banderas rojas y blancas. Cuando paramos en la estación Palermo vimos un par de minitas que estaban rebuenas.
El álbum de fotos, se terminó en Retiro. Tuve ganas de jugar a Gastón Pauls para poder decir: la ciudad tiene historias que contar, soy Martín Gozdziewski y esto es Ser Urbano.
Al bajar nos esperaba, otro álbum, el de la calle, un domingo a las dos y pico de la tarde.
Me bajé entendiendo mejor esa frase que dice que el tren une al país. No sólo por su condición de medio de transporte.
Desde el tren, uno conoce la Argentina desde adentro, desde sus entrañas. Desde la vías uno entiende mejor esto de ser argentino. Andar en tren es cruzar la miseria, el hambre, la pobreza, el olvido. Es dejar que la ventana nos muestre imágenes de diferentes historias unidas por las vías del ferrocarril.
Señoras y señores gobernantes, quedan ustedes invitados. No hace falta gastar millones de pesos para conocer a su pueblo.
Simplemente los invito a viajar en tren y a tomar una dosis de realidad. Cuesta $1,05. Y después me cuentan que tal.

(08 de junio de 2008)

2 de junio de 2008

LA SALA DE ESPERA

Llegué. 19:25. Sala de espera de un instituto médico privado. Tengo turno para las 19.30. ¿Apellido? – pregunta la secretaria mientras recorre una a una sus anotaciones en esa agenda que parece un caos, pero que para ella resulta pan comido.
Goyeski le digo, y busca. Ah...sí.. ¡el difícil!, me dice. Y si, me tiraron con todo el abecedario, le digo.
Saco el carnet de la obra social. Se lo doy. Firma y fecha.
Me siento en una de las sillas esas que están unidas unas a otras. Siempre me pregunté porqué será, si tendrán miedo a que se las roben, o si será para mantener el orden o si será para que nos sintamos todos unidos en este duro oficio de esperar.
Esperar, paciencia, acá somos todos pacientes, no queda otra. Una puerta al lado de la otra, a lo largo de la pared y de un pasillo: consultorios. Detrás de cada puerta, un médico.
De la pared cuelgan cuadros, uno próximo al otro. La mayoría de ellos muestran paisajes de mi ciudad y arriesgo que son de un pintor nicoleño. Más al fondo, colgaron uno que muestra una gran canoa en medio de un lago. Y también hay uno más pequeño, muy conocido y surrealista, que muestra unos relojes derretidos.
Hay un mostrador. Detrás de él se ubica la secretaria, ese ser multifunción con dieciocho brazos que navega entre papeles, atiende el teléfono, media entre los pacientes y el médico, defiende, pelea, saluda, en fin, da la cara, recibiendo golpes de palabras y algún que otro gesto amable cada tanto. También te invita a esperar. Es la recepcionista en este hotel reparador de la salud.
Allí, detrás de ella, en la pared, hay un gran reloj haciendo lo que mejor le sale: marcar horas, minutos y segundos. Yo lo miro, cada tanto, para masoquearme y comprobar que ya son casi las 20 hs y los turnos nunca se cumplen.
Por suerte hoy no está presente esa raza entrometida que viene a vender remedios, llamados visitadores médicos. Sé que es su trabajo, pero, porque no vienen en otro momento...¿no?
Gente que llega, gente que se va. Turnos.
Mi médico (que en realidad es el de todos, pero no sé porque uno dice Mi) está en el consultorio 8. Los pacientes esperan. Un hombre lee una revista. Una mujer de unos 30 y pico abre su celular con tapita, contesta mensajes, lo cierra, recibe mensaje, abre el cel, lee, cierra nuevamente. Luego una llamada. Atiende. Habla. Mientras tanto las puertas se abren y los doctores van tirando apellidos uno a uno, turno a turno.
Hay un movimiento continuo como en todo lugar de paso. Desde acá sentado, parece una obra de teatro donde alguien entra en escena y sale rápidamente. Y la gran protagonista, la figura inamovible, estelar, es la secretaria. No es por desprestigiar a los profesionales de la medicina, pero en esta obra que estoy viendo, los médicos están detrás de escena, detrás de las puertas, recibiendo a esas personas llamadas pacientes que esperan impacientes.
Los encuentros casuales también suceden en la sala de espera. Hola Sandra ¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo che! ¿Qué contás? El teléfono suena y suena y se ha transformado en una música de fondo incesante.
Instituto.... dice la secretaria al teléfono y con esa palabra evita decir, Hola, muy buenas, diga, se ha comunicado con el instituto tal ¿qué desea?
Cuando apenas me había sentado en la silla, antes de ver todo esto, un amigo me mandó un mensaje que decía: “escribí para el blog sobre la sala de espera, porfa”. Y ahí nomás agarré el celular y por primera vez me puse a escribir en él, a tomar notas, de lo que luego sería un texto, al que llamaría, LA SALA DE ESPERA.
La vida es así, una gran sala de espera. Uno se la pasa esperando: esperar la felicidad, esperar para cumplir los sueños, esperar para alcanzar las metas y mientras tanto vivir, lograr que te den un turno, esperar a que alguien nos atienda, esperar sentados o a veces parados a que se abra una puerta y que alguien nos diga: Contame.. ¿qué anda pasando?
¿No soñás con ese teléfono? - le había preguntado a la secretaria mientras le firmaba el bono. Quise ser original, como para no repetir el tan gastado, ¡qué frío!. El clima es la vedette de los temas en los lugares de paso. También el país. Por estos días, el tema del gobierno vs. campo, las retenciones K, la novela política del momento, con Cristina y Néstor K, De Angelis y la Federación Agraria como los protagonistas.
Y también la otra novela, la del espectáculo, la que crea Jorgito y los intrusos profesionales de siempre. La del momento se trata de un hombre con sobrepeso y su ex, una que baila en un programa, una rubia platinada, una más entre tantas que andan en la tevé y ya me las confundo a todas ¿A ninguna se le ocurrió teñirse de morocho? Son tan lindas las morochas argentinas. O por ahí regalan esa tintura en alguna esquina y yo no me enteré. En fin, me volé. La sala de espera también sirve para volar.
Y no es que yo le dé fin al vuelo mental. Pasó que la puerta se abrió, el Dr. cantó mi apellido y con eso volví a la realidad. Y antes del Hola Dr, y todo eso que vendrá, aprieto la función “Memorizar” de mi celular. No vaya a ser que todo esto se me borre y no lo pueda pasar al blog. Me pongo de pie y paso a la otra obra: el consultorio. En esta, tengo un papel importante.

16 de mayo de 2008

HACER EL BIEN HACE BIEN

El día transcurría como siempre, como quien diría, normal, sin sorpresas ni sobresaltos. Transcurría, dije y no utilicé el pasado, trancurrió. Porque tuve un llamado telefónico a eso de las 18.30, que me invitaba a visitar a una persona, que está en cama desde hace tres meses por un problema de salud.

Dije que sí. No dudé pero si pensé: voy a llegar más tarde al gimnasio o prefiero tomar mates en mi casa y mirar tele. Pero salí. Caminé unas cuadras hasta la casa, toqué el timbre, saludé, charlamos. En fin: una visita a alguien que está enfermo, postrado en una cama, con un problema de salud o como prefieran llamarle.

Charlamos un poco de todo. Cuando me despedí, le dije, Que te mejores, fuerza, a lo que me contestó, Muchas gracias, Ahora, con tu visita, seguro me voy a sentir mejor.

Me fui pensando en esa respuesta y me sentí ¡tan bien! ¡Con qué poco, podemos hacer mucho! Por los demás y también por mí. Me tomó uno cuarenta minutos, esto, que fue lo más lindo de mi día.

Los seres humanos somos muy entrenados en el deporte de hacer el mal pero ¡qué poco tiempo le dedicamos a hacer el bien! ¿no? ... y es ¡tan simple! Ponernos un poquito en el lugar del otro, dejar de mirarnos el ombligo por un rato y saber que hay alguien ahí afuera, esperándonos.

"No tengo tiempo": es sólo una excusa, barata. La realidad es que no nos hacemos el tiempo para dedicarnos a lo que nos hace bien. Nuestros sentimientos se van quedando adormecidos para dar paso sólo a nuestros intereses individuales. Buscamos lo que nos arroje un resultado, todo aquello que tenga un fin y si es material mejor, porque así sólo vale la pena. ¡Qué pena me da esto!

No hace falta ser un santo y ni siquiera la mejor persona para hacer el bien. Es fácil, sencillo. Vos podés, yo puedo, TODOS podemos. Y hace bien.

Hacer el bien hace bien. Yo lo recomiendo. ¡Llame ya!

12 de mayo de 2008

FERIA DEL LIBRO 2008 BS AS

Y llegué a la Feria, la Internacional, la de Buenos Aires. Me tomé el subte en Diagonal Norte, combinación D. Me bajé en Plaza Italia. Salí del mundo subterráneo y ahí estaba el cielo, las calles, la Plaza. Me detengo en logo de la Feria: lleva la cara de una mujer leyendo un libro y a su vez el rostro mira a través de él. Y pienso qué cierto es eso. Cuando leo un libro comienzo a mirar todo a través de él. Y ya no soy el mismo. Me miro a mí mismo, miro mi mundo, a los que me rodean. Voy redescubriendo el mundo a medida que voy recorriendo las páginas.

La Feria está buena. Está todo en un solo lugar. Y si bien se está poniendo cada vez más marketinera y concurrida la cosa, no deja de darme placer eso de que le dediquen unos días y tantos stands para promover el libro. Mucho best- seller y famosos de tele que ahora escriben, pero eso no importa. Si uno busca y quiere ir más allá, algo va encontrar. El boca en boca sigue vivo y hay mucho por leer más allá de los más vendidos.

Pasé por el stand donde están mis dos libros. Es la primera vez que los veo juntos a los dos. El más nuevo salió en noviembre pasado y anda contento con eso de ser novedad. Pero el primero se le ríe porque ya hace tres años que anda haciendo de las suyas y se cree con más experiencia.
Me paré en un esquina del stand, para poder observar un poco. Y fue algo espectacular, como un sueño, ver entrar a las personas, tomar mis libros, leer las contratapas, hojearlos. Ahí sentí esa felicidad o plenitud por la tarea realizada. Por ustedes, los lectores, sino ¿por quién hago todo esto? Bueh, también lo hago por mí, porque me gusta escribir.

Un señor le muestra mi libro a su señora. Se miran y eligen el otro, el segundo. Y así, a lo lejos sonrío y veo como en sus manos, entre dos tapas, y unas páginas se llevan tanto de mí, tantas horas, tantas ideas, tanta magia, tantas palabras unidas para hacerlos volar a través de oraciones, que forman párrafos y de párrafos que forman cuentos.
Con esto me alcanza, me puedo morir tranquilo, pienso. Pero es temprano aún para eso. Aún me falta recorrer, buscar, a ver qué libro me llevo. Doy media vuelta y me pierdo entre los stands, los libros y la gente.

9 de mayo de 2008

BUENOS AIRES (desde el Cyber)

Salir de San Nicolás. Terminal de omnibús, 7.55 am. Una mañana fresca de un día que promete. En realidad me prometí que este día sería bueno, porque el día en sí, por sí sólo, no promete nada. El día es día.
Escribo desde un cyber, en la Calle Corrientes y 9 de julio. Esquina tradicional porteña. Siempre escribo desde casa y esto es una experiencia nueva. Al lado a un pibe que se ríe solo, y contesta mensajitos y lee los mails. Y me pregunta si entiendo algo de internet porque no caza una.
Atrás mío hay cabinas, muchas, 24, para hablar por teléfono. Adelante hay un kiosco... esto es un locutorio argentino. De todo un poco.
Afuera está el Obelisco. Recién lo saludé, pero ni se movió. El anda ahí parado, hace tantos años, indiferente y agrandado, porque es famoso y le sacan fotos. A mí me emociona verlo, es un símbolo de que estoy en Buenos Aires. Y lo mejor de todo, estoy solo, y camino y hago lo que quiero. Esa libertad de hacer camino al andar, sin que nadie me marque la ruta.
Bajé en Retiro. Mundos, mundos y más mundos en una ciudad. Cada persona es un mundo, sí, pero Buenos aires bate records de mundos en un instante. Es como el cambiar de imágenes en un video clip. Pero todo es gente, gente y más gente. Cómo un mar o un río.
Caminé por Florida. Cruzar cada esquina, es, como meterme en una procesión. Parece como si terminara el mundo y de repente alguien gritó: acá, acá está la salida. Y así todos para un lado, van, van. Es como una ráfaga de gente y en la que te metés y es difícil marcar el propio ritmo. Yo voy como más lento que el resto. Y sí, estás de paseo, así cualquiera.
Rostros, diversos, miradas de luz, de oscuridad, y tristezas que se notan y mucho. Apuros, mucho apuro. Hay que llegar, hay que comer, hay que laburar.
Vendedores ambulantes: el limpia pelusas, llegó el limpiapelusas. Artistas. Mendigos. Un tipo de la Puna tocando con su quena, covers de temas musicales famosos. Gente, la local, la que va y viene más apurada que todos. Y también están los otros, los turistas. Los extranjeros, cuando hablan, le aportan esa música, en italiano, en brasilero, en inglés... .
En Florida lo vi al Chavo (el del ocho). Andaba, haciendo el gesto de ESO ESO ESO y pataleando cada tanto. Pero lo hacía cada vez que alguien le ponía una moneda. Estatua viviente, el Chavo. Qué maestro el pibe ese que tiene ganas de regalar su arte vestido del Chavo.
Me metí en un par de palacios del consumo, también llamado shoppings. Pero no quiero comprar nada, sólo quiero caminar. Caminar porque sí. Está bueno no tener razones cada tanto. PORQUE SI. PORQUE SI. Como cuando era chico.
Me metí en varias librerías. No sé si es porque me gustan los libros, pero para mí eran un oasis de paz entre el movimiento urbano. Como meterme en una iglesia, sí, Santuarios de la Lectura.. Tapas y más tapas que me miran. Los más vendidos andan allá en la vidriera haciéndose los lindos y otros esperan en los estantes.
Ahora hay café en todas las librerías: cuando era chico no era así. Y está bueno: leyendo se alimenta una parte, la intelectual y así movemos un poco el cerebro, que en esta era de bailando por el rating, lo tenemos bastante dormido. Y el café alimenta el cuerpo.. para que no se queje de que no le damos nada.
Bueno, me voy, a seguir. A las 14 hs abre la Feria del Libro. Voy seguir navegando entre tapas, entre gente, entre stands, pero rodeado de libros que es lo que más me gusta. Iré a visitar a mis dos hijos libros. El día que nacieron, al toque, empezaron a caminar sólos, y cada tanto quiero saber como andan.
Y al salir seguramente confirmaré que el Obelisco sigue ahí.